Sábado 14

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Parece que fue ayer cuando volví a pisar las preciosas y majestuosas calles de París. Han pasado ya tres meses desde entonces y no hay dia en el que no siga maravillándome a cada esquina. También se cumplen 10 años de aquella promesa con la que me comprometí a regresar y la cual me ha mantenido de una manera u otra ligada a ella.

París ha cambiado, pero su esencia permanece. Apenas recordaba su olor perfumado o sus atardeceres en el río Seine. Tampoco sus calles, aunque percibiera algo familiar en ellas. Puede que las ilusiones con las que vine la primera vez no sean tan diferentes a las de ahora.

Llegué un caluroso sábado del mes de agosto y de la mejor manera posible, dentro de una furgoneta cargada de equipaje, con el mejor compañero de viajes al volante (alias mi padre) y la adrenalina a tope porque los días anteriores habíamos estado haciendo ruta por carretera, visitando diferentes lugares del país (Cassis, Aix-en-Provence, Chambéry, Aix-les-Bains, Auxerre…)

Así entramos, por la puerta grande y con radio Chérie FM a todo volumen. Estábamos emocionados. Temperatura agradable, cielo descubierto, sin apenas tráfico, se podía respirar una tranquilidad agradable. Agosto tiene sus ventajas.

Parece que fue ayer cuando llamé al timbre de esta casa, antes desconocida para mi y, con la mejor de mis sonrisas, entre a formar parte de un nuevo mundo. Su mundo.

A duras penas acertaba a entender lo que mi nueva familia me decía y, aunque ponían interés en que lo hiciera, estaba demasiado asombrada observando su apartamento. Hacía tiempo que no veía uno tan grande y tan bonito. No les faltaba de nada y a los niños tampoco, ya que parecían sacados de una revista de ropa infantil. Niño rubio de cara angelical y niña de ojos azul turquesa con aires de rebeldía y un sentido del humor fascinante. Mi apartamento no resultó ser tan grande, más bien pequeño, pero era tan acogedor que me sentí rápidamente en casa.

Ya han pasado tres meses y es como si hubiera pasado toda una vida. Es curioso como la sensación de distancia se encoge por momentos. París me ha regalado muchas cosas buenas durante este tiempo, me ha cautivado con su belleza, su arte, y me ha hecho volver a sacar mi instinto de supervivencia a causa de mi francés mediocre. Lo echaba de menos.

Aún así, desde el principio supe que me costaría volver a vivir en una ciudad y no porque no me pudiera ubicar rápido o por miedo a no encajar entre tanta multitud. Lo sabía respecto al ritmo de vida acelerado y a la importancia de la imagen. Para todo ello, París es la reina y yo he acabado viviendo en la mismísima casa real, Neuilly-sur-Seine. Un lugar en el que nunca acabó de diferenciar la realidad de la ficción. A veces, mientras camino por las calles, me parece estar en medio del rodaje de una película de Hollywood, haciendo el papel de figurante.

Impecable vestimenta, zapatos altos y una educación impoluta. Ciudad de susurros y apariencias. Todo parece tener un guión, unas pautas. Me siento viviendo en una burbuja de falsa perfección donde se olvida por momentos lo que existe más allá. Me siento bien, segura, cómoda, pero irreal. Como si, una vez dentro, la realidad se distorsionara, negándome la verdad. “Oh! vives en Neuilly, perdone usted”, ¿Por qué cada vez que digo en qué parte de la ciudad vivo parece que la gente tenga que arrodillarse ante mi? ¿Qué les hace creer que la gente de esta zona es mejor que la de la suya? ¿No somos todos iguales al fin y al cabo?.

Hoy sí, tras el infierno de anoche (viernes 13), donde París fue testigo de una masacre en la que a 120 personas les fue arrebatada la vida, es uno de esos días en los que no cabe duda que todos somos iguales. O es lo que nos gustaría creer, aunque mañana, cuando todo esto haya pasado, si Dios quiere, volveremos a juzgarnos, a etiquetarnos sin piedad y a seguir construyendo barreras. Pero hoy no, hoy todos somos hermanos, la solidaridad reina sobre la faz de la tierra y los países se ayudan los unos a los otros. A lo mejor, estos mismos mañana serán los primeros en clavarse los puñales. Puede que la burbuja de occidente, el primer mundo lo llaman, no sea tan diferente a la de Neuilly.

Anoche apenas dormí. No salí porque casualmente trabajaba. Curioso, ya que nunca trabajo los viernes y, de no haber sido por ello, el centro hubiera sido mi primera opción…

La situación no es estable y el miedo se ha instaurado en la ciudad. La gente muestra apoyo y, aunque mañana no se acuerden (y seguramente no lo harán hasta que algo similar vuelva a suceder), hoy todos somos hermanos. Mañana, ya veremos.

 

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Vuelve a ser sábado en París y las calles vuelven a estar casi desiertas. Parece que fue ayer cuando llegué a la ciudad. Se respira tranquilidad… pero el motivo es diferente.
Ojalá el mundo abra algún día los ojos.

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